De cómo son las mujeres, el veranito y un poco más de Feynman
El subtítulo de este blog sigue rezando "Diatribas de un misógino en la urbe", pero el caso es que, pese a que no hayan cambiado los principios de este humilde narrador de necedades, aquí ya no hay diatribas, ni misoginia, ni, si me apuran, urbe. Podría enzarzarme en un rimero de explicaciones de las que difícilmente saldría bien parado, así que prefiero pasar de puntillas sobre el asunto y quedarme con lo que hoy nos ha traído aquí.
Visitando uno de los blogs que sigo y recomiendo, me encontré con esta fábula deliciosa sobre la visión de cómo son las mujeres a los ojos de un pobre niño ignorante que empieza a descubrir que, en el fondo son todas súcubos.
Por eso, y porque hace tanto tiempo que no hablo de mujeres que ni me acuerdo de la última vez que lo hice, creo que es hora de retomar el tema. Ah, y porque ya llegó el verano y, como me enseñó mi amigo Malasombra (¡felicidades!) que decían los Gomaespuma, "el verano es la época del año en la que las mujeres se quitan el abrigo y se ponen las tetas". Da igual dónde se mire, siempre hay más carne a la vista que encubierta.
Haz click aquí si no ves el vídeo.
Por resumir el vídeo (en serio, ¡hay que verlo!), las enseñanzas son:
- Hay que mentir a las mujeres, o de lo contrario se vuelven locas.
- Las mujeres no tienen sentido del humor.
- Las mujeres nunca hacen nada gratis, pero si tienes algo que quieran, puedes negociar.
- Las mujeres son sensibles a las emociones. Harán cualquier cosa si muestras un poco de vulnerabilidad.
- Las mujeres son lo mejor que hay en el mundo.
Tras la muerte de mi esposa [su primera esposa murió de tuberculosis], tenía que volver a empezar, por lo que tenía interés en conocer algunas chicas. En aquellos días se hacían un montón de bailes de sociedad, que servían para que la gente se mezclase y conociese mejor, especialmente los recién llegados y los veteranos.Podría ahora volver a mis diatribas sobre las mujeres, pero, por supuesto, cualquier cosa que yo dijera aquí sería supérflua y fundamentalmente errónea. En el caso improbable de decir algo cierto, sería algo que ellas ya saben, y que sin embargo nosotros no seríamos nunca capaces de llegar a comprender.
Recuerdo el primer baile al que asistí. No había ido a bailar durante los tres o cuatro años que estuve allá el Los Álamos [mientras participaba en el Proyecto Manhattan]; ni siquiera había estado en sociedad. Así que fui a ese baile y procuré bailar lo mejor que sabía, y me pareció que aún lo hacía razonablemente bien. De ordinario se puede saber sin más que observar si tu pareja se siente a gusto.
Conforme bailamos yo solía hablar un poco con la joven que tenía de pareja; ella me hacía algunas preguntas referentes a mí, y yo otras tantas a ella. Pero cuando quería volver a bailar con alguna joven con la que hubiera bailado ya, tenía que buscarla.
«¿Quieres bailar otra vez conmigo?»
«Disculpa, pero necesito un poco de aire fresco» O bien: «Verás, es que tengo que ir al servicio», y otras excusas por el estilo, y así con dos o tres chicas seguidas. ¿Qué tenía yo de malo? ¿Tan chapucera era mi forma de bailar? ¿Es que mi personalidad les resultaba repulsiva?
Bailé con otra joven más, y vuelta a repetir todo el cuestionario: «¿Eres estudiante de primer ciclo, o estás graduado ya?» (Había muchos estudiantes mayores de lo normal, porque habían estado en el servicio militar.)
«No, soy profesor.»
«¿Oh? ¿Profesor de qué?»
«Física teórica.»
«Imagino que trabajaste en la bomba atómica.»
«Pues sí. Estuve en Los Álamos durante la guerra.»
Ella dijo: «¡Eres un maldito mentiroso!» y se marchó.
Eso me quitó un gran peso de encima. Lo explicaba todo. Ingenuamente, yo había estado diciéndoles la verdad pura y simple, sin caer en la cuenta de que era lo malo. Era absolutamente obvio que mientras me comporté con toda naturalidad, contestando a sus preguntas y siendo sincero y cortés, las chicas me esquivaban una tras otra. Todo parecía muy bonito y de repente, ¡zuup!, ya no funcionaba. No comprendía nada hasta que aquella mujer me llamó maldito mentiroso.
Probé entonces a evitar todas las preguntas, y con ello logré el efecto contrario.
«¿Eres de primero?»
«Bueno..., no.»
«Entonces estás haciendo la tesis.»
«No.»
«¿Pues qué eres?»
«No lo quiero decir.»
«¿Por qué no quieres decirnos lo que eres?»
«Porque no quiero...», y ellas seguían hablándome.
Acabé con dos muchachas en mi casa, y una de ellas no hacía más que decirme que no debía sentirme inferior por ser de primero; que había otros muchos chicos de mi edad empezando los estudios universitarios, lo cual era realmente cierto. Ambas eran de segundo curso, y las dos se mostraban muy protectoras y maternales. Trabajaron intensamente en mi psicología; pero yo no quería que la situación llegara a crear ningún malentendido, así que les revelé que era profesor. Se molestaron mucho al sentirse engañadas. Tuve muchos problemas desempeñando mi papel de joven profesor en Cornell.
Cualquier perversidad, cualquier crueldad, cualquier inquina que se nos pueda pasar a los varones por la cabeza, sólo será un resoplido comparado con en el vendaval de maldad que es la fértil imaginación de una mujer.
Queridos niños: Sólo puedo terminar repitiendo el axioma que, no se equivoquen, no es original mío sino de mi amigo Ramón: "Las mujeres son blanditas y huelen bien". Lo que sí es mío y del saber popular, no lo duden, es aquello de "Son todas golfas".
En fin, si pese a todo algún caballero sigue empeñándose en intentar entender a las mujeres, ya sabe cómo funciona esto del amor.
Después de haberlo escuchado media docena de veces se me ha pegado hasta la música del vídeo, que se llama Blow your mind, de Thomas Haardell.




























