Del día de la mujer trabajadora y otras fiestas de guardar
Esta misma mañana me he enterado con grande gozo de que hoy es el día de la mujer trabajadora. El hecho inmutable de no ser mujer trabajadora me exime, primeramente, de tener la más mínima obligación moral de conocer fecha tan señalada en el santoral y, a continuación, de que me importe lo más mínimo.
Reconozco sin embargo que siglos de opresión machista, de negación de derechos, de vejaciones físicas y morales, de sumisión forzosa, de desdenes y displicencias, han sido finalmente resarcidas y reparadas: ¡por fin hay un día dedicado a la mujer trabajadora!
En esta tendencia progre de asignar un día especial a cada uno de los especímenes que pueblan la faz de la tierra, no son de extrañar hechos tan relevantes para el progreso de la humanidad como el ver a una miríada de mocetones mostrando sus antaño hirsutos y fláccidos pectorales, ahora depilados y bien torneados, gritando a los cuatro vientos su gusto por la sodomía. A quien se le diga que alguien pueda salir a la calle a celebrar que le han roto el culo, seguramente no dé crédito, pero, si se le concede un nombre rimbombante al festejo y se acompaña con una música lo suficientemente ignominiosa, se alaba con amplia cobertura mediática.
Al hilo de lo que nos traía, son grandes los logros que las feministas han conseguido en los últimos tiempos en pro de la dignidad de las mujeres trabajadoras: ya no se ven tan a menudo como antaño buenas señoras arrastrarse por el suelo o pasarse el día escoba en mano.
Digo tan asiduamente porque, como es de recibo, sarna con gusto no pica, y, si la labor que se hace por obligación es ofensiva y humillante, haciéndose por voluntad propia se convierte en reconfortante esparcimiento. Y es que fregar y barrer ya no son dignas labores (domésticas o no) si no se comparten con el varón de turno, pero si ese arrastrar y barrer va acompañado del pertinente seguimiento mediático del que hablábamos, entonces se convierte en miel sobre hojuelas.
Ese fregar y barrer, recubierto de dignidad y valentía, también recibe un nombre rimbombante: Curling.
Aquí ya no es vejatorio ni arrastrarse, ni barrer, ni elevar las nalgas al cielo ante la mirada extasiada de los sufridos telespectadores que, con la cerveza en una mano y un cuenco de frutos secos en la otra, disfrutan con la mayor de las dichas posibles para un varón: ver mujeres haciendo deporte.
Queridos niños, yo hoy voy a celebrar el día dedicado a mi querida Mónica Bellucci, de profesión sus labores.
