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domingo, 22 de abril de 2007

De la edad de la Tierra (2ª parte)

El espectro de sucesosLa vida es un mar de sorpresas, y aquí estamos nosotros, como diría aquel, en su piélago profundo, navegando sin esperanza de llegar a puerto alguno.

Tras preparar el post sobre el cálculo de la edad de la Tierra, era plenamente consciente de las manifiestas carencias que, con dudoso acierto, intentaba tapar. Sin embargo, aunque bien es cierto que es tal y como era de prever, mi eximio público vino de nuevo a darme una lección de humildad, al apuntar sabios comentarios a mi teoría, ya cercana a la ley, sobre los cuales no había hecho ningún tipo de consideración.

Una de las objeciones que mayores temores me hacía tener sobre los comentarios que iban a surgir era, por evidente, de obligada respuesta, y no es otra que la de cómo es posible que tengamos conciencia de hechos históricos acaecidos mucho antes del nacimiento de la Tierra. Una de las respuestas (la más evidente), es que todo eso que nos cuentan no es más que una evidente manipulación de los peces gordos, esos que no quieren que sepamos que con un poco de sobrasada, betún de judea y jabón de baño podemos recorrer más de 200 kilómetros echándolo al depósito de nuestros coches. La otra respuesta, no tan evidente pero más jocosa, echa mano (otra vez), del tiempo relativo y de la teoría de la relatividad de Einstein, aquella del E = mc².

Si lo dice Einstein, tiene que ser ciertoUn ejemplo típico para explicar que el tiempo es relativo puede ser el siguiente: supongamos 2 relojes perfectamente sincronizados situados en la Tierra. Un astronauta toma uno y se marcha al espacio en una cápsula que va a una velocidad cercana a la de la luz, mientras el otro reloj se queda aquí, siguiendo el curso normal. Según la teoría de la relatividad, cuando el reloj que va en la cápsula vuelva a la Tierra, marcará una hora anterior a la del reloj que ha permanecido aquí, pese a que para el observador que acompañe al reloj de la cápsula este ha continuado funcionando normalmente.

Unas cuantas más y se acabará el Universo tal y como lo conocemosSabemos que cuanta mayor es la cantidad de golfas que pululan por la Tierra, mayor energía es necesaria para que el Universo no se pliegue sobre sí mismo.

Siguiendo con la ecuación E = mc², y sabiendo además que "la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma", nos vemos forzados a despejar que la velocidad a la que avanza el tiempo se va retardando conforme el número de golfas va en aumento. El tiempo total de la edad de la Tierra es de 71,8 años, sí, pero no años tal y como los medimos en la Tierra conforme al giro alrededor del sol, sino 71,8 años reales, de los buenos.

No dudemos pues, que, de seguir así la cosa, pronto se detendrá el universo exterior mientras nosotros aquí, rodeados de golfas, continuamos ignominiosamente con nuestro deambular diario.

Queridos niños: una vez más, arrostro a la incomprensión, a la intolerancia, a la intransigencia y obcecación del mundo, para defender aquello en lo que creo, que no es otra cosa que la búsqueda de la verdad con todo aquello que tenemos al alcance de la mano.

Cito a Stephen Hawking:

Hemos evolucionado desde las cosmologías geocéntricas de Ptolomeo y sus antecesores, a través de la cosmología heliocéntrica de Copérnico y Galileo, hasta la visión moderna, en la que la Tierra es un planeta de tamaño medio que gira alrededor de una estrella corriente en los suburbios exteriores de una galaxia espiral ordinaria, la cual, a su vez, es solamente una entre el billón de galaxias del universo observable.

Feliz día del libro.



Más información:
http://www.librosmaravillosos.com/historiatiempo/index.html

miércoles, 21 de marzo de 2007

Del continuo espacio-tiempo

Nuestro amigo AlbertoEn ocasiones la ciencia y los científicos nos resuelven problemas cuya mayor bondad es dejarnos tan fríos como la llegada de primavera de este año.

Sin embargo, no nos engañemos, la causa única de la indiferencia ante hechos tan transcendentes no es otra que nuestra propia ignorancia. En el mundo globalizado en el que vivimos, donde tenemos al alcance de un par de clicks casi cualquier información de la que mostremos un mínimo interés en consultar, preferimos sentarnos en el sofá con total pachorra a ver cómo una buena mujer que lleva 50 años sin ver a su hermana se planta en un plató de televisión a contarlo y a mostrar a toda España sus afectados desmayos cuando se encuentra cara a cara con otra buena mujer tan chocha y tan senil como ella misma, la cual dice reconocerla entre los recuerdos del ángel que la cuidaba en su niñez.

Cierto es también que la capacidad de autocrítica está tan mermada como la cordura a la hora de emplear nuestro tiempo libre; hoy día la fórmula del
es bien conocida porque nadie tiene ni puñetera ni de dónde sale, ni qué implica, ni nada más allá de que viene a ser la piedra filosofal de la Teoría de la Relatividad, de la cual todos estamos capacitados desde el mismo momento de nuestro nacimiento, cual pecado original, para hablar durante horas. La Teoría de la Relatividad es a la ciencia lo que la Fórmula 1 a los deportes de motor: todo el mundo opina libremente, porque, al fin y al cabo, nadie tiene ni puta idea de lo que habla, de modo que se crea un acuerdo tácito entre emisor y receptor para no poner en duda el mensaje que se transmita, haya salido éste lo mismo de una fuente autorizada que del agujero situado entre las nalgas de cualquiera de los interlocutores.

La investigación científica es también un bello tema de controversia. No falta el majagranzas de turno que opina que la inversión en ciertos campos de investigación no está justificada, o cosas como que la energía nuclear está muerta cuando cubre entre el 20 y el 25% de las necesidades eléctricas en España. No dudo que, a día de hoy, la inmensa mayoría de las personas que defendían la inutilidad de los programas espaciales durante los años de la guerra fría y posteriores (bueno, quizás sus hijos) ahora están a la última con sus teléfonos móviles con GPS incorporado.

Dejando de lado las divagaciones de mi cada vez más avanzada senilidad, el asunto que nos traía no era otro que hablar del continuo espacio-tiempo y de las implicaciones que tiene la cuarta dimensión en la base del conocimiento occidental (dejemos de lado de momento las plantas milagrosas, los masajes con los pies y clavarse alfileres en las pestañas). Pues bien, uno de los grandes pensadores de nuestro tiempo tuvo a bien compartir conmigo uno de esos axiomas filosóficos que, por mor de ser obvios, no dejan de sorprendernos cuando los oímos al darnos cuenta de cuán efímera es nuestra existencia:

¡Si es que no hay tiempo pa ná!

Queridos niños: un servidor está cansado de la vida que lleva, está cansado de mantener el equilibrio cósmico a costa de ser el contrapunto fracasado de un triunfador indolente, está cansado de respetar los límites de velocidad (de vez en cuando), y está cansado de que la única ilusión que le queda en la vida es que por fin va a salir la Playstation 3 en la vieja Europa.

Así que, un servidor, no va a cambiar nada.