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domingo, 7 de diciembre de 2008

De vaqueros, físicos, y un par de historias no relacionadas

Cowboy duelEsta semana tuve, por razones que espero explicar en otro post (que intentará servir de disculpa, pero no de descargo), vacaciones hasta el jueves.

Vacaciones difusas; en primer lugar porque no acudí a aquello que originó que las pidiera (haciendo un feo que será difícil de enmendar, por mucho post que escriba al respecto), y en segundo porque estuve malo la mitad de los días (sufro el conocido por los médicos como "síndrome Ventura", consistente en enfermar cada vez que tengo vacaciones a la vista).

Pero no todo hubieron de ser malos momentos. Aproveché para ir a saludar a una amiga de la Universidad. Y digo saludar cuando debiera estar hablando de una visita cuasi-profesional, pero creo que mis lectores ya saben sobradamente que lo más profesional que he hecho en los últimos 2 años han sido las fotos del Martini Legends, y eso contando con que el 99% de las fotos fueron obtenidas con el famoso método de "bombardeo por saturación".

Disfruté de más de una hora de animada charla hablando de lo divino y lo humano, el pasado, el presente y el futuro de la formación universitaria en España, y de más cosas que quedarán en el secreto de sumario.

No recuerdo muy bien cómo siguieron los derroteros de la conversación, pero, para variar, desde la crisis que tenemos encima acabamos hablando de George Gamow y de la mutua afición de ambos por su libro por excelencia, la Biografía de la Física que ya mentamos aquí al hablar del sentido del humor de Niels Bohr y del conocido como Efecto Pauli.

El caso es que mi amiga (me tomo la licencia de tratarla como tal) recordó entre risas una de las muchas anécdotas que cuenta Gamow sobre Bohr: la de las pistolas. Mi cada vez más enjuta memoria volvió a dejarme en evidencia, porque no hace ni un mes que acababa de releer el libro y, sin embargo, no la recordaba.

Llegamos a sacar el libro para buscar el pasaje en cuestión que, aunque no lo encontramos en su momento, es este:

La afición de Bohr a las películas del Oeste se tradujo en una teoría desconocida para todos excepto para sus conocidos de cine [compañeros con los que iba al cine] en aquel tiempo. Todo el mundo sabe que en las películas del Oeste (al menos en el estilo de Hollywood) el pillo dispara en seguida, pero el héroe es más rápido y siempre mata al bribón. Niels Bohr atribuyó este fenómeno a la diferencia entre las acciones deliberadas y las acciones condicionadas. El bribón ha de decidir cuándo ha de echar mano de la pistola, mientras que el héroe dispara más rápidamente porque actúa sin pensar cuando ve al bribón echar mano de la pistola. Todos discrepamos de la teoría y a la mañana siguiente el autor [George Gamow siempre se trataba a sí mismo como "el autor"] se fue a una tienda de juguetes para comprar un par de pistolas de cowboy. Nosotros disparábamos sobre Bohr, que hacía de héroe, pero él nos mató a todos.

Queridos niños: ¡Y yo pensaba que me lo pasaba bien en el trabajo! ¿Cuántos de nosotros hemos acabado pegándonos tiros con pistolas de juguete para demostrar una teoría? Yo estoy deseando que surja la oportunidad. Y, si hay que hacerlo con las pistolas cargadas, por mí que no quede.

domingo, 9 de diciembre de 2007

De genios y lentos de entendederas

Heisenberg junto a Bohr tomando la posiblemente mejor cerveza del mundoLos que me conocen saben que estos últimos días no tengo la cabeza en su sitio. Entiéndanme, no es que de costumbre suela yo tener la cabeza muy bien ubicada, pero es que cuando las habituales enajenaciones mentales se acompañan de disyuntivas engalanadas con dudas, se hace complicado tener algo claro en la cabeza.

Ya comentaré en su momento, si procede, la inextricable maraña de dudas a las que ahora mismo tengo que combatir (con poco éxito, todo sea dicho); pero antes, como ya he dicho que tengo la cabeza a las 4 de la tarde, hoy voy a hablar de un señor del que hemos oído hablar todos los que pasamos por el bachiller antes de que llegara la LOGSE: Niels Bohr.

Quizás lo más representativo sea que Bohr fue quien planteó la teoría de las órbitas cuantificadas a partir de los trabajos previos de Rutherford. Esto es, que en cada orbital alrededor del núcleo del átomo sólo tienen cabida un número finito de electrones.

Entiéndanme, no es que sueñe con daneses, o que ande desentrañándoles los secretos a los modelos atómicos de principios de siglo. Todo ha venido porque estos últimos días, para ayudarme a conciliar el sueño, he leído un libro llamado Biografía de la física, de George Gamow.

Antes de ensalzar su figura y hablar de algunas de sus aportaciones a la física, Gamow hace un sucinto resumen en el que describe la idiosincrasia de Bohr. En ese resumen Gamow deja perlas como esta:

Probablemente su cualidad más característica era la lentitud de su pensamiento y comprensión.

Curioso cuando menos. Pero seguimos leyendo:

Hacer algo (con Bohr) significaba indefectiblemente ir al cine, y a las únicas películas que le gustaban eran las tituladas "Lucha a tiros en el rancho Lazy Gee" o "El jinete solitario y una muchacha sioux". Pero era penoso ir con Bohr al cine. No podía seguir el argumento y nos preguntaba constantemente, con gran enojo del resto del público, cosas como ésta: "¿Es ésta la hermana del vaquero que mató de un tiro al indio que trataba de robar el ganado que pertenecía a su cuñado?"

Créanme, he intentado buscar qué películas eran "Lucha a tiros en el rancho Lazy Gee" y "El jinete solitario y una muchacha sioux". Puede que la traducción de las películas haya sido especialmente creativa, pero lo más parecido que he encontrado ha sido Romance of the Lazy K Ranch, del año 1910. En cuanto al jinete solitario, la cosa es aún más complicada.

Gamow sigue diciendo:

Otro ejemplo de la lentitud de pensamiento de Bohr era su poca habilidad para encontrar una rápida solución a los crucigramas. Una tarde el autor fue a la casa de campo de Bohr (al norte de Jutlandia), donde Bohr había estado trabajando todo el día con su ayudante, León Rosenfeld, en un importante trabajo sobre las relaciones de incertidumbre. Ambos, Bohr y Rosenfeld, estaban completamente agotados por el trabajo del día y, después de cenar, Bohr indicó, para descanso, resolver un crucigrama de alguna revista inglesa. La cosa no marchó muy bien y, una hora más tarde, fru Bohr ("fru"' significa en danés señora) sugirió que debíamos irnos todos a dormir. Quién sabe a qué hora de la noche, Rosenfeld y yo, que compartíamos la habitación de invitados en el piso superior, fuimos despertados por unos golpes en la puerta. Saltamos de la cama preguntando: "¿Qué hay? ¿Qué ocurre?" Entonces oímos una voz apagada a través de la puerta:"Soy yo, Bohr. No quiero perturbarles, pero quiero decirles que la ciudad industrial inglesa con siete letras, que termina en ich, es Ipswich."

Esto sólo puede querer decir dos cosas: o Bohr tenía muchos amigos insomnes o a los amigos que tenía no les importaba ser despertados con sandeces en mitad de la noche, de lo cual concluimos que esta debe ser una cualidad muy útil si se pasa la noche con mujeres o físicos.

Ya para terminar, vemos este pasaje:

Una vez, ya tarde, por la noche (hacia las once por los relojes de Copenhague), el autor volvía con Bohr, Fru Bohr y un físico holandés, Cas Casimir, de una cena dada por uno de los miembros del Instituto de Bohr. Cas era un experto escalador de fachadas, y a menudo podía vérsele en la biblioteca del Instituto encaramado cerca del techo, en lo alto de los estantes de libros, con un libro en la mano y las dos piernas estiradas a lo largo. Íbamos por una calle desierta y pasamos al lado del edificio de un banco. La fachada del banco, formada por grandes bloques de cemento, llamó la atención de Casimir y escaló dos pisos. Cuando bajó, Bohr quiso igualar la hazaña y ascendió lentamente por la fachada del banco. Algo confusos, Fru Bohr, Casimir y yo, estábamos debajo observando la lenta ascensión de Bohr por la pared. En ese momento, dos guardias de la ronda de noche se aproximaron rápidamente por detrás, dispuestos a la acción. Miraron a Bohr, que pendía entre el primero y el segundo piso, y uno de ellos dijo: "Oh, no es más que el profesor Bohr", y ya completamente tranquilos siguieron su camino.

Bohr era un tío gracioso, sin duda.

Queridos niños: si hace poco decíamos que a partir de los 26 la vida va cuesta abajo, hoy encendemos una vela a la esperanza, puesto que, por tocinos que seamos, siempre hay genios que están más locos.