No debía tener yo más de 8 ó 10 años. Todavía vivían mis abuelos y toda la familia se juntaba en su casa para celebrar la Nochebuena.
Antes incluso de empezar a preparar las mesas y poner los platos, ya se abría alguna botella de vino de Jerez. Entre tanto mi abuela preparaba sopa de almendras, los niños íbamos de un lado a otro enredando donde podíamos.
Mis tíos ya estaban en el salón dándole al vino, al jamón y al queso mientras yo acompañaba en la cocina a mi abuela con algún primo, sin saber muy bien qué hacer. Ya saben, too young to die, too old to Rock'n'Roll. Recuerdo cómo mi abuela abrió la alacena, sacó una tableta de turrón de Suchard del tamaño de un Jumbo Jet y nos la dio.
No será necesario decir que la tableta, que en mi memoria es la más grande, más dulce y mejor tableta de chocolate que ha habido en el mundo, no llegó a ver el comienzo de la cena, de la que no tengo más conciencia hasta que, levantados los manteles, alguien dijo: "Hay una tableta de turrón de chocolate buenísima que vamos a sacar ahora mismo".
Mi abuela y yo nos miramos, y bastaron esas dos miradas que se fundieron en una para que ambos supiéramos que ese turrón no iba a aparecer.
Y mi abuela, como hacía siempre, sonrió sin decir nada más.
¿He dicho alguna vez que echo de menos a mis abuelos? Pues les echo mucho de menos.
Cuando era un niño (bueno, debería decir "cuando tenía pocos años") escuchaba con mi madre un programa de radio que, una vez a la semana, estaba dedicado a los niños. No me preguntéis sobre qué trataba el programa, qué músicas ponían o ni tan siquiera cómo se llamaba, porque no me acuerdo. Lo que sí recuerdo es que, aunque las líneas de teléfono se suponía que estaban abiertas a todos, siempre llamaban los mismos.
Un buen día hicieron un "especial" para los que habían llamado (o no) pero nunca habían podido salir en antena.
Se ve que tenía muchas ganas de hablar (o que mi madre me pinchó), porque ahí llamé yo. Recuerdo que me cogió una señora bastante desagradable que me preguntó como media docena de veces si había hablado antes con el presentador. A mí me han enseñado que no hay que decir mentiras y, sin mentir, le contesté cada vez que no había hablado con nadie. Les di mi nombre, mi teléfono, y me fui a jugar.
Se me fue el santo al cielo, y cuando vino mi madre a buscarme para avisarme de que me llamaban de la radio, yo ya no estaba a lo que tenía que estar. Cogí el teléfono, me pasaron con el presentador y, en mi debut mediático, cuando el buen señor me preguntó qué quería decir, sólo atisbé a decir "Quiero saludar a mis abuelos".
Hoy, por más que me gustaría, ya no podría saludar a mis abuelos, aunque estoy convencido de que allí donde estén saben lo mucho que les echo de menos.
Como es costumbre en mis historias que no van a ningún lado, ya estarán todos los que hayan seguido leyendo hasta aquí preguntándose ¿pero a qué viene esta historia? Pues a que el viernes estuve comiendo con unos muy buenos amigos (¡gracias!) y, por lo visto, tengo más lectores de los que creía (lo que en la práctica os convierte en cinco en vez de cuatro).
Si juntamos eso con que precisamente la semana pasada el post con el vídeo del anuncio de Bud Spencer vino tras un comentario anónimo que atribuí erróneamente a Horus, un habitual por estos lares, vine a acordarme de aquel programa que yo escuchaba, de aquel día que llamé a la radio, y de mis abuelos.
Resumiendo, este post está dedicado a todos los que están ahí detrás leyéndonos pero nunca han comentado, a los que han dejado comentarios anónimos, y, por supuesto, a los que comentan habitualmente. ¡Ah, y a mis abuelos!
A todos, muchas gracias. Y ya sabéis que lo digo de corazón. Si nunca os habéis animado a comentar y queréis hacerlo, hoy es el día. Podéis saludar a la familia, a las novias, a los vecinos, a las mascotas... vamos, que tenéis carta blanca. Y por supuesto, si no queréis comentar, gracias igualmente.
Allá por los inicios del 2007, hubo un anuncio del Fiat Bravo de esos que a mí tanto me gustan. Venía a decir: aquí tienes un coche italiano, y está hecho para zumbarle. Nada de mariconadas sobre el Euroncap, nada de subtítulos donde reza "rodado en circuito cerrado por especialistas" cuando se ve a un tío yendo a 30 por hora por un paisaje de la campiña francesa, nada de mensajes sobre lo cómodos que van a ir los niños en las plazas traseras, y nada de estribillos de la Oreja de van Gogh de fondo. Cierto es que no creía que la canción que acompañaba al anuncio en cuestión mereciera estar en los anales de la música, pero acompañaba con acierto el mensaje de un anuncio que me parecía (y me parece) francamente bueno. Además, ¿he dicho alguna vez que me gustan los coches italianos, y más si son rojos?
De acuerdo con que no es el Back in Black ni el Concierto para piano nº2 de Rachmaninoff (prometo un regalo para el que averigüe de dónde proviene esta obtusa referencia), pero las cosas se ven y se oyen de manera diferente cuando llevan a cuestas una pesada carga emocional.
La canción, titulada Meravigliosa Creatura, es de Gianna Nannini, que, para más escarnio, es hermana mayor de Alessandro Nannini, el piloto que fue declarado ganador de la famosa carrera de Suzuka 1989, donde Senna y Prost chocaron en la chicane mientras se disputaban el mundial. Aunque Prost abandonó, Senna entró a boxes, cambió el alerón delantero y aún tuvo tiempo para adelantar de nuevo a todos los que llevaba por delante y acabar el primero (con lo que hubiera ganado el mundial). Pero Senna fue descalificado porque los jueces consideraron que se había saltado la chicane, y la victoria se la adjudicó precisamente Nannini (la única de su carrera), a bordo de un Bennetton.
Basándonos en mis habituales desvaríos y mi proclividad a la dispersión, seguro que muchos se están preguntando a qué narices vengo yo a contar todo esto ahora.
Justamente hace un año, cambié mi vida. Quizás debería decir que entonces pasé a mejor vida, pero ya sabéis que no acostumbro a mentir, y no es este el sitio ni el momento para tratar si hice bien o mal.
No miento cuando digo al recordar mis últimos días en SIA que nunca imaginé que iba a echar tanto de menos a los que fueron mis compañeros y siguen siendo mis amigos. Los mismos que me mandaron a Maranello con una gentil patada en el culo. Los mismos que sigo teniendo presentes en mi memoria cada día que pasa.
Tal día como hoy andaba detrás de un camión por la carretera secundaria que une Bolonia con Módena, con los ojos preñados de lágrimas convencido de que tenía unos amigos y compañeros que no me merecía, viendo caer copos de nieve sobre el parabrisas y escuchando una emisora de radio cualquiera. No sé si es un dato conocido, pero en las emisoras de radio italianas suelen hablar en italiano y, además, poner música italiana. Esto viene a que, estando como estaba arrebatado por las circunstancias, comenzó a sonar la canción de marras en la radio. Pero no era la versión del anuncio (que por lo visto no es la original), sino la otra, la movidita.
Con esta historia espero haber despejado el porqué de este post, el porqué de que escuche la canción, y el porqué de que, de nuevo, se me vaya el santo al cielo al escucharla.
Queridos niños: no tiene esta canción más gracia que la que cada cual quiera darle, y, aunque los recuerdos que se me vienen a la memoria cuando la escucho son difíciles de explicar, no son difíciles de compartir.
Hacía mucho que no escribía nada que me saliera de dentro porque no tengo la cabeza (ni el alma) en buena disposición, pero creo que sigo en deuda con mucha gente, y, aunque no es mi intención saldarlo con un triste post, sí quiero dejar constancia de que os tengo presentes.
Dicen que la distancia es el olvido, pero puedo afirmar con conocimiento de causa que no es cierto.
Por tres cosas es lícito que llore el varón prudente: la una, por haber pecado; la segunda, por alcanzar perdón dél; la tercera, por estar celoso: las demás lágrimas no dicen bien en un rostro grave.
Esta tarde he estado hablando con un muy buen amigo y ex-compañero, que, como es de recibo entre los Ingenieros Informáticos de profesión, es inquieto, curioso, y, por qué no decirlo si lo hago desde el respeto y la admiración, un poco friki. El típico colega con el que puedes hablar de Feynman lo mismo que de Homer Simpson. Fue él el que me lanzó a esto de la comunidad blogger por el siempre insalubre método de dar envidia. No tuvo más que mostrarme su blog (www.naufragandoporlared.com), que recomiendo vivamente, para sentirme en la obligación de meterme en el terreno fangoso y desconocido que es este de los blogs.
El caso es que estando discutiendo sobre lo divino y lo humano, ha venido a preguntarme por qué estoy tan jodido como se supone que estoy, aunque más que como estoy debería decir como me veo. Para describirle la situación en la que me encuentro, pese a estar hablando con un profesional de mi mismo gremio, he tirado de la parábola del arquitecto (Il Venturetto, capítulo II, versículos 1-43):
Cuenta la Historia que había un arquitecto que se dedicaba a hacer oficinas. Quizás no era el mejor, pero hacía oficinas dignamente, gustaba de hacerlas, y con ello pasaba los días. Llegó un día en que, como era el que más sabía de las oficinas que él mismo había hecho, pasó a encargarse de cambiar la decoración de las salas de juntas, a revisar la instalación de los ascensores y, en el mejor de los casos, a añadir más oficinas iguales a las que ya había en el solar de al lado. Aquello no era hacer oficinas, aquello era hacer más de lo mismo, y uno no se hace arquitecto porque le gusten los ladrillos, sino porque le gusta imaginar cómo transformar un terreno baldío en un sitio donde vivir.
— ¿Chalets? Yo no sé hacer chalets —dijo el arquitecto. — No importa. Si eres arquitecto es cuestión de ponerse. — Sí, eso es verdad, pero los chalets tienen piscinas, y buhardillas, y barbacoas, y yo no sé hacer nada de eso. — No importa. Cuando tengas que hacer piscinas, buhardillas y barbacoas ya aprenderás.
Y oyendo a los que le decían que se fuera a hacer chalets, y desoyendo a los que le dijeron que no lo hiciera, este arquitecto dejó su trabajo de hacer oficinas, y pasó al maravilloso mundo de los chalets. No le parecía tan mal aprender a hacer piscinas, buhardillas y barbacoas. No lo hizo convencido de estar haciendo lo correcto, pero sí estaba convencido de que estaba haciendo lo que debía.
Así que llegó el primer día, esperando ver planos de chalets de los que aprender en noble oficio de la construcción de casas de recreo. Esperaba ver planos de chalets de 3 plantas con piscinas, buhardillas y barbacoas, pero allí no había nada de eso. Lo único que había eran fotos de chamizos toscamente construidos, pero con carteles luminos como los que ponen en los clubs de carretera, donde decía, ora en azul ora en rojo, "Chalé de lujo".
Tras meses de ignorancia de este nuestro ya querido arquitecto se apercibió de su verdadera labor: alicatar los baños de los chamizos. Ni siquiera se trataba de remozar los baños. Debía cambiar los azulejos alrededor del váter, pero sin moverlo de sitio y sin que dejara de estar "al uso". Había dejado las oficinas porque estaba cansado de hacer siempre lo mismo y había pasado a poner baldosines con la cabeza metida en un retrete.
De nada sirve pensar en volver al maravilloso mundo de las oficinas. Si he acabado con la cabeza metida en un retrete, ¿quién me dice que no me ofrezcan algo como "desarrollo de sistemas de higiene y salubridad" y no vaya a acabar cavando letrinas?
Para colmo de males la memoria, esa enemiga mortal de mi descanso que se obstina en traerme a la mente la desiderata que me deja sin dormir, sin soñar y sin vivir, me empuja al derrotismo, al abatimiento y a las dudas existenciales.
Así es fácil caer entonces en la languidez de siempre, tan difícil de disimular. En este punto se percibe en los demás una mezcla entre conmiseración y escepticismo que a uno le sumen aún más en el desánimo.
Es entonces cuando la desazón emocional que se produce al ver la circunstancia en la que se encuentra uno mismo por sus errores le sumen en un desequilibrio espiritual que se somatiza luego con un malestar tan incómodo como evidente.
Queridos niños: hace un tiempo me enfrenté a la búsqueda de la felicidad. Entonces concluí que si la felicidad no venía a buscarte lo mejor era salir a su encuentro. Es duro equivocarse a cada paso, pero es más duro no caminar, y más duro aún tener zapatos de hormigón... que se ha puesto uno mismo.
No tengo duda acerca de que la memoria es la base del conocimiento. Por muchas horas en la vida que se dediquen a estudiar aquello que nos obliguen, nos sea útil, o, por qué no, nos guste, si se olvida lo aprendido el esfuerzo no sirve para nada; por mucha experiencia que se acumule en la vida, si se pierden los recuerdos es como no haber vivido; por muchas lágrimas que se hayan contenido, si se diluyen los sentimientos es como no haber amado.
La memoria sirve para tantas cosas inútiles que sólo por eso se podría decir que es imprescindible en nuestras vidas. Muchos de mis amigos podrían recitar completos palmarés deportivos, frases de películas, animados relatos de noches de juerga, jocosísimas anécdotas universitarias y diálogos completos de los simpson y futurama, complementados con multitud de datos que sólo servirían para ganar una partida de la edición ochentera del Trivial Pursuit.
Cada rincón de la memoria atesora un recuerdo que, con un poco de suerte, es digno de recordar. Pero, ¿qué hacer cuando los recuerdos abotagan la mente, nublan el sentido y le quitan a uno el sueño? Cuando los recuerdos se hacinan unos sobre otros, como un rimero de malos humores que emponzoñan el ánimo, nunca se sabe si es mejor hacer limpieza, orear la mente y recolocarlo todo más o menos ordenadamente, o dejar que se amontone el polvo sobre y entre una miríada de pequeños destellos de demencia. Por descontado, esto último nunca funciona.
Es como si la vida se detuviera en el instante en el que dejan de generarse nuevos recuerdos.
No ceso de preguntarme para qué sirve tener recuerdos que le asaltan a uno con pesadillas en medio de la noche, le dejan a uno con el estómago revuelto a media mañana o le obligan a enclaustrarse toda la tarde para reconducir el día e intentar no pensar en nada. No es lógico, no es justo, y, además, no sirve para nada.
Por cosas de las reminiscencias que de continuo se me vienen a la mente, han venido a presentarse de nuevo en mi mente las palabras de Cervantes acerca del tema en cuestión:
¡Oh memoria, enemiga mortal de mi descanso! ¿De qué sirve representarme ahora la incomparable belleza de aquella adorada enemiga mía? ¿No será mejor, cruel memoria, que me acuerdes y representes lo que entonces hizo, para que, movido de tan manifiesto agravio, procure, ya que no la venganza, a lo menos perder la vida?
Queridos niños: dicen que cuando pasa el tiempo uno sólo se acuerda de las cosas buenas. Debe ser por eso que en la senectud, cuando todos acabamos por perder la cabeza y el buen juicio (los que lo han tenido en algún momento), tornamos a revivir la infancia. ¿Puede ser que desde entonces no hayamos vivido cosas buenas? Me inclino a pensar que más bien no las recordamos como tales.